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8M: IS FEMINISM BACKLASHING?

MARCH 8, 2026

5 MIN READ

En los últimos años, la igualdad de género se ha presentado como un progreso inevitable: imperfecto, discutido, pero en última instancia imparable. Las reformas legales, una representación más amplia y conversaciones públicas cada vez más visibles reforzaron la creencia de que el arco avanzaba en la dirección correcta. La narrativa de una evolución constante, aunque lenta, se asentó. Una vez conquistados, los derechos no se desharían con facilidad.

Pero la historia rara vez avanza en línea recta; a veces se comporta como un péndulo. En 2026, una percepción extendida de avance convive con crecientes señales de estancamiento y, en algunos contextos, de regresión. La sensación de impulso parece frágil, desafiada por un retroceso cultural y amplificada por ecosistemas virtuales que favorecen la polarización. Es innegable que el feminismo ha transformado el presente; sin embargo, la permanencia de esas conquistas no puede darse por sentada. La equidad, al parecer, no es un destino alcanzado, sino un equilibrio permanentemente expuesto al riesgo de inclinarse.

En el Día Internacional de la Mujer, la verdadera pregunta quizá no sea cuánto hemos avanzado. Lo inquietante es con qué rapidez podríamos retroceder.


La ilusión del progreso

Los datos de ONU Mujeres y los informes globales de seguimiento de género dibujan un panorama desigual. En 2024, uno de cada cuatro gobiernos en el planeta reportó retrocesos en los derechos de las mujeres; una señal clara de que las regresiones no son casos aislados. Más de mil millones de mujeres y niñas viven en países donde las protecciones jurídicas o los compromisos políticos han sufrido un deterioro progresivo.

En algunas regiones, las mejoras se han paralizado; en otras, garantías previamente consolidadas han pasado a ser objeto de disputa parlamentaria o de desgaste institucional. La idea de un movimiento continuo hacia adelante sigue siendo dominante, pero la evidencia apunta a algo mucho menos sólido: logros condicionados, inestables y vulnerables.

Incluso en áreas que suelen considerarse referentes, la paridad se percibe remota, casi utópica. El Índice de Igualdad de Género de la Unión Europea se sitúa en 63,4 sobre 100 en 2025 —una mejora respecto a décadas anteriores, pero todavía lejos de completarse. Al ritmo actual, cerrar la brecha podría llevar generaciones. A escala global, las mujeres continúan infrarrepresentadas en posiciones de poder, concentradas en empleos precarios y desproporcionadamente expuestas a la inseguridad económica.

El curso puede seguir su marcha, pero hoy se cuestiona abiertamente.


De la periferia al ‘mainstream’

El retroceso no irrumpe de un día para otro: gana fuerza gradualmente, desde retóricas dispersas hasta lenguajes articulados, de la reacción a la identidad. Los discursos antifeministas han dejado de ocupar los márgenes del debate para instalarse en el centro. Lo que antes se desestimaba como provocación aislada se mueve hoy con normalidad en plataformas digitales, campañas electorales y espacios mediáticos convencionales. En muchos contextos, la oposición a la igualdad de género ya no se formula como desacuerdo ante medidas concretas, sino como una impugnación del feminismo en sí mismo.

Este desplazamiento no es menor. Cuando la paridad se presenta como un exceso ideológico en lugar de un principio democrático, su legitimidad tambalea. Narrativas que romantizan los “roles tradicionales” recuperan visibilidad, mientras que el hecho de que el discurso en torno al género “ha ido demasiado lejos” encuentra eco en sectores que atraviesan incertidumbre o perciben pérdida de estatus. En ese clima, la agenda feminista se reinterpreta como amenaza o desequilibrio.

El giro es tanto estructural como cultural. Las redes sociales aceleran y amplifican estas corrientes, permitiendo que se consoliden en comunidades e identidades compartidas. El antifeminismo deja de ser una negativa puntual y pasa a operar como forma de pertenencia.


La polarización como sistema

La regresión que observamos hoy es inseparable de los sistemas tecnológicos que median la vida pública. Las plataformas sociales no son espacios neutros; están diseñadas para maximizar la interacción, que se alimenta de la intensidad. La indignación circula con mayor velocidad que el contexto y la confrontación sostiene la atención, que a su vez sostiene el beneficio.

A comienzos de 2026, millones de imágenes íntimas no consentidas de mujeres fueron generadas en cuestión de días mediante una herramienta de inteligencia artificial de uso generalizado. Las llamadas aplicaciones “nudify” han acumulado cientos de millones de descargas en todo el mundo, confirmando que el abuso opera en el núcleo de la economía digital.

Esta dinámica altera las reglas de la presencia en el espacio público. Para las mujeres, especialmente aquellas que se pronuncian sobre equidad, estar ahí implica cada vez más acoso, manipulación sexualizada o ataques colectivos. Los mismos mecanismos que magnifican esa visibilidad ya no distinguen entre apoyo y hostilidad; premian la actividad. Si la notoriedad antes era sinónimo de influencia, hoy suele tener un precio.

En paralelo, las brechas generacionales se acentúan. En varios países, las encuestas muestran a chicas inclinándose hacia posicionamientos progresistas en materia de igualdad de género, mientras que un número creciente de sus homólogos masculinos se identifica con posturas más conservadoras. Lo que emerge, más que disconformidad, es fragmentación: un debilitamiento de los consensos básicos en torno a justicia y poder.

Cuando la división se intensifica tecnológicamente y se incentiva en términos económicos, la polarización adquiere carácter sistémico.


No es una celebración

El Día Internacional de la Mujer obliga a reflexionar sobre un proceso marcado por avances intermitentes. Es un momento para medir la distancia recorrida y la que está bajo amenaza. Un recordatorio de que los derechos pueden erosionarse por complacencia, por indiferencia, por sistemas que normalizan silenciosamente la exclusión mientras insisten en que todo está bien.

Afirmar que la igualdad resulta inestable no es exageración ni alarmismo; depende de la voluntad política, del clima cultural y de infraestructuras tecnológicas capaces tanto de proteger la dignidad como de socavarla a gran escala.

Por eso alzamos la voz.

8M: IS FEMINISM BACKLASHING?