El calendario vuelve a marcar junio. El mes del Orgullo llega como celebración de lo lejos que hemos llegado y como recordatorio de lo frágil que puede ser el progreso. La música ya está sonando y las banderas visten los balcones, pero la lucha por los derechos LGTBIQA+ aún no ha terminado.
Durante la última década, lo que después se bautizó como cultura woke contribuyó a transformar el paisaje social. Las realidades queer consiguieron introducirse en el discurso público y trascendieron la cultura mainstream. Pero, igual que ocurre con cualquier progreso, ha habido una reacción conservadora. La cultura woke está herida. ¿Es una herida mortal? Eso depende de nosotros.
El wokismo es un término polarizador. Y sí, es verdad – un activismo performativo puede ser inútil. Pero el silencio es mucho más peligroso. Así que, ¿por qué hemos decidido rebajar el tono de nuestro discurso? ¿Es un síntoma de privilegio? ¿Es un mecanismo de supervivencia?
Puede que haya más de un motivo. Pero, sea cual sea la causa, la consecuencia es la misma: permanecer en silencio deja una gran puerta abierta para que el pensamiento de extrema derecha siga avanzando. El caballo de Troya perfecto.
Por eso necesitamos alzar la voz. Ser queer. Ser quienes somos sin pedir permiso ni perdón.
Todo, menos quedar callados.
El peso de la lucha
Podría parecer que nos hemos convertido en víctimas de la cultura de la indiferencia. Que el activismo no encaja en nuestros feeds de Instagram perfectamente curados. Que comprometerse demasiado no es tendencia.
Y, aunque en algún caso puntual – y privilegiado – puede que esto sea cierto, hay una realidad mucho más compleja detrás. En muchas ocasiones, se debe al agotamiento. Estamos cansados y emocionalmente exhaustos.
Este es un fenómeno que ya ha sido estudiado: responde al término “Queer Battle Fatigue”. El concepto fue introducido por Boni Wozolek y posteriormente desarrollado en colaboración con David Lee Carlson. Sin embargo, toma inspiración del concepto previo “Black Queer Fatigue” acuñado por Dr. William A. Smith – sirva esta referencia como recordatorio de que la lucha LGTBIQA+ debe ser interseccional.
Silencio: el sueño húmedo del sistema
La felicidad puede ser política. La furia es un gran catalizador de cambio (¿existiría siquiera este artículo sin los disturbios de Stonewall?). Pero el agotamiento no requiere ningún tipo de agencia. Nos transforma en sujetos pasivos. En puro silencio. Y ese es el sueño húmedo del sistema.
Así que, ¿cuál es la solución? Simple: acción colectiva. Y no, colectivizarnos no significa transformarnos en una masa homogénea – que cada uno vista la bandera arcoíris con sus propios y complejos grises. Se trata de construir una infraestructura lo suficientemente sólida para que todos y cada uno de nosotros, independientemente de nuestras circunstancias, estemos seguros.
Una fuerza política imparable.
Y una red de apoyo incansable.
Un espacio seguro para aquellos en situación de necesidad.
Y una voz para los que luchan en primera línea.
Que protege.
Y actúa.
Que cuida.
Y planta cara.
Crear comunidad es la forma más pura de resistencia: sujetar con una mano al más vulnerable para seguir luchando con la otra.
Feliz – y combativo – Orgullo.